No hace falta que les recuerde que los últimos dos años en este Planeta han sido una pesadilla. Para algunos más que para otros.  El miedo se ha derramado a borbotones  inundándolo todo sin piedad, como la lava del volcán palmero. El miedo que daña y asfixia, que nos hace pequeños, que separa y agota. Que frustra, que mata.  Y en medio del caos, hay dos opciones: quedarse quieto y dejarse arrastrar por la marea funesta o ponerse manos a la obra. Sacar fuerzas y construir un barquito luminoso hecho de lingotes de amor, de comprensión, de respeto, de resiliencia… y lanzarnos con él a la vida. A ver si flota, a ver si avanza entre las piedras y no encalla. Es difícil tarea en estos tiempos locos pero que no digan que nos rendimos, que abandonamos la ligereza, que enterramos la brújula y el polvo de estrellas que reparten a cada ser humano al nacer sin que llegara a brillar. Que vinimos y no dejamos una huella amable y transparente. Que nos fuimos sin abrir el pecho y enseñar el alma sin pudor.     

Porque a pesar de todo, siempre nos queda el amor. El amor, que como el miedo, es una fuerza natural que todo lo llena si le abrimos la compuerta de par en par. El amor que es azul y dorado, quizá blanco o plateado. Que es limpio y atrevido, valiente y sabio. Honesto y bueno, tierno y justo. Empático. El amor que une sin atar, que endulza y nos impregna el cuerpo de sonrisas y aliento. El amor que siempre nos queda porque forma parte de nuestra esencia, de nuestro efímero, divino y chispeante paso por la Tierra. ¿Por qué si no es a amar y a encender miradas, a qué vinimos?

Rebeca Herrera, fundadora de Mundo Orenda en uno de sus viajes a Camizungo (Angola). Siempre nos queda el amor.

El año que transitamos de puntillas es un reto. Un desafío para todos y también para Mundo Orenda. Seguiremos soñando y trabajando para que nuestro barquito luminoso atraviese los puertos y fronteras más complejas, las que se cierran, las que claudican. Buscaremos la esperanza y la ilusión allá donde se encuentren, por muy complejo y aciago que parezca el camino de baldosas amarillas. Imploraremos a las hadas, hablaremos con ninfas y duendes, utilizaremos capas y varitas. Buscaremos claves secretas en el canto de las sirenas. Lograremos que en una  perdida aldea de África, los niños sigan sonriendo y confiando aunque no tengan consolas, tablets o un cuarto lleno de juguetes. Hablaremos con la Luna para pedir consejo sabio. Quizá hasta podamos conseguir que algún corazón dormido, despierte de su letargo y se una. Porque siempre nos queda el amor y el amor, por si no se acordaban, es absolutamente mágico. 

 (Y mientras escribo escucho Magia de Rosana  y recuerdo los maravillosos poemas de Begoña Abad)