Semillas

Semillas

Hace unas semanas veía una preciosa ilustración de la magnífica Lola Vendetta en Instagram. El texto que la acompañaba rezaba: «ser semilla para que el viento me lleve y me plante donde más frutos pueda dar». Merece la pena reflexionar unos minutos sobre la afirmación. Respirarla. Sentirla. Seguramente la percibiremos de distinta manera según sea nuestra situación personal, problemas o anhelos. Pero, en cualquier caso,  no nos dejará indiferentes.

Vivimos aferrados a creencias, apegos y  a un imaginario e idílico espacio de seguridad y confort. Y esto es aplicable a un montón de parcelas que conforman nuestro hábitat personal: el trabajo, la pareja, la familia, las amistades y, sobre todo, a nuestra forma de pensar. Ay, los pensamientos: esos pequeños tiranos amantes de las costumbres y las ruedas de hámster.

Intentamos convertirnos en árboles fuertes y arraigados, convencernos de que lo que ronda por nuestra cabeza es la verdad absoluta, buscar la «estabilidad» como quien busca un tesoro, echar raíces a cualquier precio. Clavarnos como estacas en la tierra o como anclas en el mar. Ser troncos aunque los gusanos de la pena y la ansiedad aniden en nuestros huecos.

No estoy en contra de la fortaleza, ya la quisiera para mí, pero sí de la rigidez. De esa rigidez que por dentro es inestable, de la rigidez impuesta por nuestras normas absurdas,  por lo que debemos ser. O lo que es peor: aparentar. No quiero esa rigidez que nos enferma y paraliza. Yo, para eso, prefiero ser semilla y volar lejos de mí misma.

Quizá en estos momentos inciertos en los que se nos llena el alma de miedo, sea un buen ejercicio mirar dentro y fuera de nuestro tronco. Ver si la savia fluye, si las hojas están verdes o si las raíces asoman rompiendo la tierra. Tal vez, esa seguridad aparente no sea tan sólida  ni tan maravillosa como pensamos. Sobre todo porque la seguridad es una ilusión efímera, como nos ha venido a recordar este virus maldito.

A lo mejor, es más coherente y realista aceptar nuestra naturaleza mágica de semillas que el viento lleva de aquí para allá. Abandonar el suelo, dejarnos balancear sintiéndonos polen,  subirnos en las alas de los pájaros, viajar en la boca dulce de las abejas. Y luego, desembarcar felices y ayudar a repoblar la tierra en la que caigamos, poniendo en ella y en sus habitantes todo el  amor que quepa en nuestro endospermo.

Banda sonora: Volar. El Kanka con Rozalén.

Noemi Martín González (colaboradora de Mundo Orenda)

 

 

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