Recientemente, el 24 de enero, hemos celebrado el Día Internacional de la Educación, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas para conmemorar el papel que la educación desempeña en la paz y el desarrollo. 

Por tanto, la educación es el fundamento básico para la construcción de cualquier sociedad, así el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 señala que “Todos tenemos el derecho a la educación”. No obstante, hoy en día, en pleno Siglo XXI hay más de 258 millones de niños y niñas sin escolarizar.

En mi niñez era todo un ritual la vuelta al cole. Mi madre me forraba los libros y si quedaba alguna bolsita de aire yo la rompía con un alfiler. Me compraba los cuadernos y el material necesario para el año escolar. Me deleitaba oliendo los lápices de colores o “creyones”, tal y como se llaman en Canarias; ese olor a madera me ponía muy contenta. No recuerdo la vuelta al cole con desgana o tristeza porque volvía a encontrarme con mis amigas y me gustaba aprender cosas nuevas. 

Lo que sí recuerdo con tristeza fue la primera vez que fui consciente de que no todo el mundo tenía esa posibilidad de acceder a una educación y de disponer de una infraestructura y medios para que fuera todo más sencillo. Una misionera, que había estado tanto en Latinoamérica como en África, vino a nuestro colegio a dar una charla y nos contó que allí muchos niños recorrían varios kilómetros para poder llegar a la escuela, no había transporte escolar o medios para llevarlos al colegio, por lo tanto debían ir a pie, ya diluviara o hiciera un sol de justicia. Muchas veces las instalaciones eran tan precarias que no disponían de mesas y sillas o en las temporadas de lluvias las aulas se inundaban con lo que tenían que suspender las clases. También nos llamó mucho la atención cuando nos relató que los niños y niñas en el colegio recibían una comida y que a lo mejor era la única de todo el día. Creo que a partir de ese día toda mi clase empezó a valorar lo que teníamos y a ser más agradecidos. 

Profesor Ngunza dando clases. ¿Hay lápices de colores?
Profesor Ngunza (Kilómetro 44)

Recientemente desde Mundo Orenda nos ha llegado una grata noticia en este sentido. Ngunza, profesor de Camizungo, ahora también en su tiempo libre y fines de semana, va a dar clases a un poblado a siete kilómetros de Camizungo, en el que hay un alto índice de abandono escolar y analfabetismo, debido a que muchos niños empiezan a trabajar desde pequeños y tienen que abandonar la escuela. Ojalá este sea el primer paso, en el que con la ayuda de la familia Orenda, todos los niños y niñas de la región tengan acceso a la educación.

La educación es el mecanismo más eficaz para crecer como persona y como comunidad. Impide que se perpetúe el círculo vicioso de la pobreza, reduce la desigualdad social y promueve la igualdad. Como dice Nelson Mandela: La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.