Hace unos meses, las chicas de Mundo Orenda me dijeron de escribir un post para el blog. Ayer me desperté de madrugada pensando en las ideas que me habían ofrecido: Solidaridad, consumismo, la relación entre ambas…  En un principio dudé en cómo tratar este texto, y se me ocurrió mezclar dos temas interesantes.

El consumismo y el cambio climático.

Normalmente tiendo a mezclar temas que me interesan. Quizá por eso, me vino a la cabeza lo que había leído de la COP26 celebrada en Glasgow. Se trataba de la 26ª edición de la conferencia anual sobre el cambio climático de las Naciones Unidas. 

En esta conferencia los líderes mundiales se reúnen para poner sobre la mesa una serie de propuestas que pongan fin a esta emergencia ecológica y se establecen decisiones políticas importantes, como asegurar que la temperatura del planeta no supere el límite de 1,5º —actualmente ha subido 1,1 º (Aquí puedes leer más)—. Ahora es crucial ejercer la presión necesaria para que todo esto se cumpla. Aquí (https://www.nytimes.com/es/2021/11/15/espanol/cop26-que-paso.html ) podrás leer algunas de las conclusiones clave. 

Después leí un post de Greenpeace. Estaba buscando información sobre el impacto del consumismo en el cambio climático y me encontré con una frase que sintetiza muy bien la idea (https://www.greenpeace.org/mexico/blog/8704/como-afecta-el-consumismo-al-medio-ambiente/)l .

“Cuando conocemos las formas de producción, el tiempo de vida y el destino final de las cosas que adquirimos conseguimos entender mejor por qué y cómo nuestros hábitos de consumo dañan al planeta.”

Seguí dando vueltas a este post. Pensando de dónde puede venir esa necesidad de consumo, qué está fallando en nosotros como seres individuales. 

¿Qué genera el consumismo en el ser humano?

Por supuesto, no hay duda de que se tienen que establecer unas reglas que frenen esta situación. De hecho, es una de mis mayores preocupaciones. Sin embargo, estoy convencida de que nosotros, a pequeña escala, podemos tomar ciertas medidas que generen un cambio. De ahí que me parezca importante que nos planteemos por qué compramos lo que compramos. 

El consumismo exacerbado es algo que preocupa porque no solo tiene un efecto inmediato en el medio ambiente, sino también, en nuestro comportamiento. Es como si viviéramos dopados del soma del que hablaba Huxley en su libro, Un Mundo Feliz. Aunque no lo parezca, podemos ayudar al planeta si ahondamos primero en lo que nos lleva a consumir compulsivamente. 

El efecto de comprar se traduce en un chute de serotonina y dopamina, hormonas que generan ese estado de placer instantáneo y engañoso. Eso no tiene nada que ver con la felicidad. Lo relacionaría con una especie de subidón como el de las drogas que, a posteriori, lo que pide es más y más. 

Sin embargo, no vengo a satanizar el consumismo. Creo que el problema de todo es, en general, llevarlo a los extremos. No veo mal regalarse a una misma un vestido bonito. Tampoco veo mal comprarse un iPhone si puedes permitirtelo. Lo que cuestiono aquí es, ¿desde qué lugar se consume?, ¿por qué existe la obsolescencia programada?

La diferencia entre todo esto no es el consumismo, es la falta de perspectiva. El desconocimiento de uno mismo. Paliar la tristeza pasando la tarde en un centro comercial. ¿Por qué nos cuesta tanto ahondar en lo que sentimos? ¿Por qué nos escondemos de las emociones? ¿Por qué las evitamos?

Si cierro los ojos para imaginarlo, veo personas corriendo, ansiosas por un nuevo golpe de hormonas. Como si fuéramos una sociedad de personas tristes, buscando cariño en productos de los que nos cansamos a las dos semanas. Reclamando ese chute de endorfinas, pero sin preguntarnos el porqué de esa necesidad, el porqué de esas ganas, el porqué de esa tristeza. Esto me recuerda un texto de una de mis películas favoritas El Club de la Lucha.

“Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.”

Quizá, sí que nos encontramos ante una guerra espiritual. Nos da miedo bucear en esa tristeza y nos dejamos arrastrar. 

Por ejemplo, ¿no te parece curioso que exista un Black Friday, un Blue Monday, un Ciber Monday? Las rebajas invitan a seguir consumiendo sin haber estrenado aún las botas que te regalaron en Reyes. Es peculiar que justo después del bajón que genera el fin de las fiestas navideñas nos chuten con nuevas estrategias con las que embaucarnos.

Cuestionarnos el por qué.

Yo vivo en esta sociedad tanto como tú. Yo soy producto de esta vorágine tanto como tú. Yo he ido a comprar en días tristes, como tú. Pero, desde hace un tiempo, me planteo ciertas cosas. Me planteo por qué nos sucede esto y por qué tenemos tanto miedo de mirar hacia dentro. Me planteo el por qué de aquello que hacemos, de qué somos esclavos. De qué soy esclava.

Estoy muy cabreada con los políticos que no hacen nada por parar todo esto. Quiero que se tomen medidas severas contra el cambio climático. Quiero seguir disfrutando de la belleza del mundo tal y como la conocemos hoy en día. Quiero dejarles un buen legado a las futuras generaciones, pero no solo en forma de hipotecas ni nuevas ideas relacionadas con el consumo.  

En mi caso, en forma de respeto, de un contacto con la naturaleza y de una sociedad viva y consciente. Ojalá aprenda y pueda hacer mi parte. 

Yo solo me pregunto ciertas cosas, ¿y tú?