Codo con codo

Es difícil sentarse a escribir en estos días densos: complicado decir algo más allá del miedo, la rabia y la incerteza. Estamos encerrados  viendo pasar la vida y la muerte por la ventana y la televisión. Esperando. Escuchando el ruido en el aire silencioso. Encontrando piedras en el camino vacío y en el alma.

Respiro. Decido salir de mi bucle amargo y escuchar a Jorge Drexler en Spotify. Lo escojo entre cientos de voces. Sus versos calman. El uruguayo es innegablemente balsámico. Lo recomiendo en días tristes, alegres e insípidos. Es como las típicas «cremas para todo» que lo mismo curan una heridita en las manos que unos labios agrietados.

La primera canción que me salta aleatoriamente es una señal contundente: «Bailar en la cueva». Pues sí. Aquí estamos, querido Jorge, bailando en la cueva como locos: «cerrar el juicio, cerrar los ojos, oír el clack con que se rompen los cerrojos». La cueva nos oscurece pero al mismo tiempo es el refugio familiar que nos abriga. Quizá podríamos buscar dentro de nuestra gruta personal, como dice la letra de «La Luna de Rasquí», un trocito de «arena santa» donde no llegue la pena: un punto ciego de la desesperanza. Seguro que escudriñando con detenimiento, lo encontramos y podemos instalarnos en él. Al menos a ratitos.

«Clavo mi remo en el agua, llevo tu remo en el mío. Creo que he visto una luz al otro lado del río». Otra señal brillando en medio del caos.  «Rema, Rema, Rema…». Oscar para Drexler a la mejor canción original en 2005. Remaremos hasta que esto se vaya…No queda otra. Y así llega a mis oídos:  «Se va, se va, se fue», otro tema inspirador donde el desaliento vuela lejano. Donde se larga airoso. Como nosotros mismos, que a veces nos pensamos eternos cuando al final saldremos por la puerta de la vida y «no dejaremos huella, solo polvo de estrellas…». Abandonemos las preocupaciones diarias  por cosas insignificantes,  por cuestiones absurdas que -en momentos como estos- dejan ver su intranscendencia. Como nos recuerda Drexler en la siguiente canción  que escucho: «no pienses de más cuando te quedes sola, no pienses de más, no dejes pasar las horas».

Tal vez, como dicen muchos, todo esto sirva para algo. Quizá este drama nos muestre a golpes que «no somos más que un puñado de mar, una broma de Dios, un capricho del Sol del jardín del Cielo». Drexler, como siempre, esclarecedor, poético y certero.

Quisiera que esta enfermedad que no discrimina y que se cuela a través de cristales y fronteras, nos enseñara a vernos más iguales, más humanos, más globales… independientemente del país que aparezca subrayado en nuestro pasaporte: «soy hijo de un forastero y de una estrella del alba y si hay amor, me dijeron, toda distancia se salva». Me gustaría que esto no fuese, repitiendo palabra, un «sálvese quien pueda» porque «perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera, vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste».

Aprovechemos, cuando pase la tormenta o cuando queramos o podamos,  para sacar al sol toda nuestra empatía y entereza. Con nuestros vecinos de al lado, con nuestra familia, amigos y conocidos pero también con nuestros vecinos de planeta. Sería bonito ver esa cadena de solidaridad abrazando las calles ahora vacías. Sería tremendamente hermoso observar que la humanidad -por fin- ha abierto un poquito los ojos y los brazos. Y es que como dice Drexler en su mítica «Todo se tranforma»: «cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da. Nada es más simple no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma».

(Espero que estos últimos deseos no sean una quimera. «Soy un pescador de sueños, soy catador de auroras. No cuento más que con mi empeño y esta pluma voladora». Gracias Jorge Drexler por tus versos optimistas y por tu canción «Codo con codo» compuesta hace un par de semanas en medio de esta pesadilla)

 

 

By Noemí Martín (colaboradora de Mundo Orenda)

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