En el día 2 de diciembre de 1949, la Asamblea General de la ONU aprobó el Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena. Y este día no solo conmemoramos su abolición, sino que recordamos que la esclavitud no solo es cosa del pasado. Según la Organización Internacional del Trabajo, más de 40 millones de personas en todo el mundo son víctimas de trabajo forzoso, matrimonio forzado, explotación sexual, trata infantil y otras prácticas que englobamos dentro del término «esclavitud moderna«. Y más allá de este drama moderno, que conviene tener presente, queremos aprovechar este día para dar un poco de luz sobre lo que significó la esclavitud transatlántica para nuestro mundo, poniéndola en contexto histórico.

Todos sabemos que la esclavitud siempre ha ido de la mano con las civilizaciones, empezando por las europeas. Los sistemas esclavistas han existido durante siglos, pero el comercio transatlántico de esclavos fue cualitativamente distinto. El motivo subyacente ya no era una guerra entre tribus, un odio ancestral al clan enemigo, o incluso una deuda personal, sino que pasó a ser meramente económico. La esclavitud se institucionaliza, empezando por los Africanos del norte del Sahara y continuando por las potencias europeas, y surge un sistema económico cuyo desarrollo depende en gran medida del negocio de la compraventa de personas. Angola tiene la peculiaridad de ser el puerto que probablemente exportó más esclavos durante los cuatrocientos años que se perpetuó este sistema. La odisea comienza en las cercanías del puerto de Luanda, donde los prisioneros son encarcelados durante meses hasta que alcanzan el número suficiente como para llenar el cargamento de un barco. Este sería el primer paso en un proceso que duraría muchos meses o incluso años. El trayecto en barco sería la siguiente prueba, pues gran parte de la tripulación no llegaría a su destino: transportados en condiciones infrahumanas, muchos morirían por enfermedades, desnutrición o deshidratación. Una vez en destino, también se reduciría el número de supervivientes, pues muchas personas no estarían en condiciones de trabajar y mantenerlas con vida no sería más que un gasto económico. El resultado de todo este proceso en el que la vida del negro cobra tan poca importancia, unido a las barreras lingüísticas o culturales que impedían en grandes ocasiones el acercamiento de los esclavizados, es una total desalienación y aislamiento del individuo. En este contexto de abuso físico y psicológico, no es extraño que el esclavo acepte su destino de forma dócil.

Las consecuencias del esclavismo en África son incontables. Desde los prejuicios raciales y la formación de la identidad de la comunidad afroamericana a partir de hechos traumáticos, hasta el obstáculo que supuso para el desarrollo de los pueblos africanos. Pero quizás, el objetivo de este artículo y de cualquier debate sobre este tema no debería ser el de buscar culpables o asumir responsabilidades, sino alcanzar una mayor comprensión y sensibilidad ante las situaciones injustas que tienen base en una desafortunada perpetuación de injusticias. Ya nada podemos hacer con todo aquel sufrimiento y muertes acontecidas, pero sí podemos empatizar con el sentimiento de dolor que los pueblos arrastran y, sobre todo, mantenernos despiertos para evitar que estos dramas se vuelvan a ocurrir. Es cierto que probablemente no volveremos a ver un comercio de esclavos de este calibre, pero a lo mejor pasamos por alto otros problemas que sí afectan a nuestro presente.

El informe «Trafficking in Persons Report 2016» , realizado por el Departamento de Estado de Estados Unidos, hace especial énfasis en la esclavitud sexual infantil de niñas menores de trece años y en la captación forzosa de niños de menos de doce años para participar en actividades delictivas, ya que con esta edad no pueden ser penalmente imputados. Aquí el enlace para su consulta: https://2009-2017.state.gov/j/tip/rls/tiprpt/2016/index.htm,

En palabras de este reporte, que es interesante de consultar, el gobierno de Angola no muestra demasiado interés en combatir este tipo de esclavitud. Hombres, mujeres y niños se enfrentan a trabajos forzosos como la construcción, agricultura o artesanías, además del ya mencionado tráfico sexual. Asímismo, según el informe «The Global Slavery INDEX 2016», Angola ocupa el puesto 42 de un total de 187 países ordenados de mayor a menor según cantidad de personas en condiciones de esclavitud.

El drama de la esclavitud ha marcado muchas vidas y las sigue marcando. Pero queremos terminar este artículo con cierto optimismo. Creemos en el potencial de la humanidad y en su capacidad para empatizar y sensibilizarse con el sufrimiento de los demás cuando logran comprenderlo. Por esto estás leyendo este artículo, por esto eres socio de Mundo Orenda. No quieres quedarte sentado, esperando a que el mundo cambie, sino que deseas ser parte activa. Por eso, recuerda, para aportar tu grano hay tres pasos que debes dar y que son fundamentales. Primero, conocer el problema de forma profunda. Después, difundirlo a los demás. Y por último, colaborar, ser parte activa. ¿Te apuntas al cambio?